En el rojo de un atardecer se perdieron solos con la complicidad del sol y de la luna también, que apenas llegada, no dudo en sumarse a la magia del romance.
En un rincón de la bodega se ocultaron, acallando las risas y los incipientes gemidos que apenas nacidos morían intensos en el fragor de sus manos.
Él la tomo con ansias, aprisionando sus muslos sintiéndola màs y cada vez màs cerca de su vientre. Ella lo dejo hacer, deseando que aquel intento por desnudarla no terminara jamás.
Se deshicieron de todo lo que pudiera entorpecer aquella necesidad imperiosa de sentirse, cuerpo con cuerpo, desnudos y entregados el uno al otro.
Unos pocos racimos descansaban en una cubeta, parecían mirarlos envidiosos de toda la magia que emanaban en esa lucha incesante y voraz. Él los descubrió mientras la besaba con toda la pasión de sus anhelos y pensó, en un loco instante pensó, que si el vino los había unido en la verdad de sus palabras y en la certeza de ese amor que estaban sintiendo no podía entonces estar ausente en la pasión que ahora los envolvía.
Tomo las bayas y estrujándolas con sus manos las derramo intensas sobre el pecho ardiente y desnudo. Marianela estallo en deseo y solo pudo gemir ansiosa de sentir en su cuerpo la fuerza de la tierra deshaciéndose ante el contacto.
Él la beso con ansias, cada tramo embebido en el liquido brillante que se esparcía por su piel de seda. Aquella forma de sentirse uno parte del otro y los dos parte de aquel sitio que los vio enamorarse era el mejor tributo que pudieran rendirle a la vida.
Se amaron como el Sol ama la Luna en la penumbra de un eclipse. Se amaron como la tierra ama las vides en la fuerza de su naturaleza. Se amaron simples, eternos. Se amaron sin leyes ni condiciones, porque el amor no tiene ley; los amantes escriben sus propias leyes para amar. Y en la fuerza de ese encuentro nació la confianza, la convicción plena de que siempre existe una nueva oportunidad.
"La Laguna" fragmento
Jezabell Suad, 2006
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