"El vino es un ángel rojo, caído para siempre en nuestra copa"
Con la mirada fija en el horizonte andino, el hombre inhalaba con fuerza el frío aire de montaña; como si en esa bocanada se inundara su cuerpo de todos los recuerdos que atesoraba el paisaje que era hoy, su hospedaje, su morada.
Sentado sobre la piedra, apenas el cuerpo cubierto por una camisa entreabierta, las manos se frotaban furiosas implorando un calor que a él parecía no hacerle falta.
Desde hacía mucho tiempo ya, su humanidad toda se había vuelto de hielo.
No existía en su cuerpo ningún recuerdo de algún calor humano que pudiera reconfortarlo en su enorme soledad.
Vivía alejado de toda intervención humana, en los viñedos que ahora conformaban su mundo y que escribían con el jugo de sus uvas, los últimos actos de su existencia.
Abocado por completo al cuidado de sus vides, las horas significaban para él tan solo el paso entre una labor y otra. El cuidado extremo de los racimos, la atención de la tierra y el cambio del clima, eran sus únicas preocupaciones diarias; las que hacían que sus días no fueran solo extrañar, o esperar la muerte.
Los pasos juveniles lo despertaron de su ensoñación. Improvisó una sonrisa para no delatar su nostalgia. El joven se sentó a su lado, agitado y eufórico.
_ ¡Es maravilloso!- exclamó con ganas- el viñedo, el lago, las montañas, todo. Creo que voy a dejar la universidad para venirme a vivir aquí contigo-
_ ¡Cómo te se ocurre! esto no es vida para un muchacho.- dijo el hombre casi en un regaño.
_ Podría ayudarte con los vinos- insistió- ocuparme de algo, lo que tu digas- El hombre se puso de pie como buscando imponerse ante la insistencia.
_ No, no acepto competencia. Soy el rey aquí, ¿lo olvidas?-
_ Podrías serlo donde quisieras, de hecho siempre lo fuiste-
_ Ya no... ahora solo reino en estas áridas montañas-
_ ¿Por qué te refugiaste aquí? Nunca me contaste esa historia- La vista del hombre regreso a los picos nevados que lo vigilaban.
_ Fue culpa de un ángel- susurró_...un ángel rojo_
Aquella noche, ya en la cabaña, el joven se empecino en escuchar de boca de su padre la historia de ese ángel que lo trajo hasta ese sitio tan alejado del mundo. Un mundo que alguna vez supo de ese hombre y lo veneró cual afamado Rey. No era una historia que pudiera contarse en unas cuantas líneas, ni siquiera resumiéndola, porque estaba tan llena de mágicos momentos que quitarle aunque fuera una sola de las impresiones que la conformaban sería como mutilar la fantasía o despedazar el amor.
Sirvió un poco del brillante líquido que llevaba su nombre en la copa cristalina y sonrío apenas, como despertando a los recuerdos que el vino siempre le traía. Lo alzó con delicadeza y expresó_ El vino es un ángel rojo caído para siempre en nuestra copa"_ acto seguido se sumió en los momentos que relató con detalle y sin dejar de sonreír mientras su hijo se deslumbraba descubriendo por primera vez en los ojos de su padre, el brillo inconmensurable del amor.
-Yo lo tenía todo y sin embargo estaba vacío_ Así comenzó su relato ante la mirada expectante de aquel joven, tan lleno de preguntas hacia un padre que a veces sentía tan cercano y otras tan alejado de su vida.
-Tú apenas habías nacido y todas mis esperanzas de recobrar mi ilusión estaban puestas en ti. Eras un niño hermoso, tan lleno de vida y yo solo podía amarte con un amor que nunca antes había conocido. Pero mi alma no se reconfortaba por completo, porque el amor tiene muy diferentes formas y si no las experimentamos todas, siempre vamos a tener la sensación de que algo le faltó a nuestras vidas, que algo nos perdimos en el camino.-
Bebió su copa con desesperante calma. Buscaba en cada gota de vino las fuerzas para seguir hablando.
-Yo quise ser padre, como quien quiere ser feliz, o alcanzar el más grande de sus sueños y cuando te tuve entre mis brazos creí que todo eso al fin había sucedido, pero no fue así. –
El joven hizo una mueca de preocupación y su padre entendió de inmediato que se había expresado incorrectamente.
- No me entiendas mal- trato de explicarle- Tú fuiste un sueño dorado para mí, me hiciste parte de algo que yo había perdido hacía mucho tiempo: una familia y eso te lo debo solo a ti. Pero un hombre es más que un padre, un hombre solo se completa con el amor de una mujer.-
- Mi madre te amo mucho_ ahora el joven se volvía un niño temeroso de las verdades de su padre. El hombre se acercó hasta él para tranquilizarlo.
-Y yo a ella, pero no supimos salir adelante- apoyo una mano en el hombro del muchacho como quien busca dar un consejo.- Se necesita mucho más que amor para conformar una pareja. Claro que eso lo supe mucho después…_
Se hizo un silencio necesario. Ambos debían procesar aquellas palabras y lo que ellas significaban en sus vidas. El hombre buceaba en sus recuerdos, el joven en su entendimiento.
Aquella noche pudo haber sido la más larga de sus vidas como padre e hijo. Fue una noche de revelaciones, de dolor pero también de encuentro y comprensión.
- Háblame del ángel- suplicó el muchacho y entonces la sonrisa y el brillo fulgurante regresaron al rostro del hombre que sentado a su lado balanceaba su copa de vino entre los dedos fuertes y callosos de tanto trabajar la tierra.
- Estaba en la casa de la playa cuando apareció. ¿La recuerdas? Solía llevarte allí cuando eras muy pequeño-
- Recuerdo la piscina y unos flamencos enormes que me asustaban- El hombre río con fuerza.
– ¡Te aterrorizaban! Por eso tuve que deshacerme de ellos-
-Lo lamento- dijo el muchacho bajando su cabeza.
-Yo me alegro, ya me tenían aburrido- se miraron de reojo y otra vez echaron a reír.
La conoció una tarde. Él reposaba en la alberca. Un trago y un poco de música eran su única compañía. La brisa marina lo envolvía y él se dejaba llevar, como quien busca escapar, al menos por un breve instante, de todo aquello que lo atormenta.
De pronto la brisa se volvió viento soplando con mayor intensidad. Sorprendido despertó de su letargo para mirar hacia la playa y allí, caminando sobre la arena la divisó. Era un ángel, no pudo describirla de otro modo. Caminaba segura pero ligera, sus pies desnudos y el cabello al viento. Una túnica cubría su cuerpo y delataba en su transparencia la increíble armonía de su cuerpo.
Se levantó como un resorte de su asiento y bajó por el sendero que conducía directo al mar. Como poseído por alguna extraña fuerza interior llego como un loco hasta ella, desesperado por no perder de vista aquella maravillosa imagen que el mar, o el cielo le regalaba.
Porque aquella criatura no venía de este mundo, al menos no del mundo que él conocía.
Ella debió venir del mar, del cielo o de otro mundo. Un mundo anhelado, soñado, perfecto.
Cuando la tuvo enfrente no pudo más que sonreír y lo más increíble, fue verla responderle con una sonrisa aniñada y con los ojos tan llenos de algo que a él le pareció magia, por la forma en que lo embelesaba.
Se presentaron, rieron, hablaron del clima, de las olas, rieron otra vez. Ella quiso despedirse pero él no se lo permitió. Entonces se sentaron en la arena y siguieron hablando. Y el tiempo se hizo cómplice y les regaló un atardecer, el más perfecto que él hubiese conocido. Y con el rojo del sol sobre el horizonte reflejándose en ella, él supo que había encontrado un ángel y se sintió bendecido.
No descansó hasta lograr que aceptara su invitación. Una cena en el jardín de su casa con el mar como único testigo de lo que entre ellos comenzaba. Y ella, que solo buscaba atesorar momentos, claudicó ante la mirada ansiosa de ese hombre que la llenaba de vida, eso que le hacía tanta falta…
Acto 2
-Permíteme que te invite – dijo mientras llenaba su copa- Esta es mi última creación- ostentó como si él fuera Dios y acabara de agregarle al mundo alguna que otra maravilla. Al ver los ojos de su ángel, observándolo, entendió su brote de arrogancia y completó la frase con un: -Humildemente- pero ya era demasiado tarde.
Ella agradeció con un gesto de su cabeza y le pidió la botella de vino para estudiarla. Leyó con atención cada palabra en su etiqueta y con desconfianza dijo:
-Entonces… ¿tú solo lo hiciste?-
- Bueno, tuve un poco de ayuda, pero es producto de mi inspiración-
-¡Vaya! debe ser maravilloso- Ella no completo la frase y él no estuvo seguro de, a qué se refería exactamente, por lo que se mantuvo en silencio esperando oír mas.
_ Te imagino bajo el sol en pleno valle, plantando tus vides, viéndolas crecer, saboreándolas, eligiendo los mejores racimos… ¡debe haber sido toda una experiencia!-
Mantuvo los ojos fijos en él, esperaba con ansias que el hombre corroborara sus dichos y le contara con detalles como había vivido cada instante de la creación de su vino, pero él solo pudo sonreír y bajar la cabeza.
Entonces ella sospechó que no había en ese vino más de él, que su nombre en grandes letras sobre una etiqueta dorada. Sin decir más, bebió entonces por primera vez un sorbo y con destreza realizó una cata exhaustiva buscando todos los aromas y sabores que pudiera descubrir
-Es bueno- dijo apenas el liquido se deslizo por su garganta. – tiene fuerza, carácter, pero le falta espíritu- Él la miro consternado.
- ¿Espíritu?- preguntó sorprendido. No imaginaba que a su vino le faltara nada y mucho menos algo que no podía imaginar siquiera, ni tampoco conseguir.
-Si- afirmó ella después de beber un segundo sorbo. – Definitivamente carece de espíritu-
Como vio que él no comprendía, o se negaba a comprender, esgrimió como prueba contundente de sus dichos la frase que quedaría en la memoria de ese hombre hasta el último día de su vida.
-"El vino es un ángel rojo, caído para siempre en nuestra copa"- La mujer le tomo las manos y poniéndolas palmas arriba derramó sobre ellas un poco del contenido de la copa.
- Estoy segura que esta es la primera vez que tocas este vino. Si esto es así, este vino no tenía nada tuyo hasta ahora que lo sientes en tu piel.- Él, absorto bajo el embrujo de sus ojos descubría en sus palabras una verdad que tan expuesta, jamás había pasado por su mente. Ahora el ángel tomaba sus manos y las unía mezclando en ese gesto el calor del vino y de su cuerpo en un ensamble perfecto.
- Anda, pruébalo- Le dijo llevándole las manos hasta su boca- Hallarás más que aromas y sabores. Sentirás su espíritu, el que tú le has infundido con el contacto de tu piel.-
El hombre barrió con su lengua las gotas que sus manos sostenían y un secreto se le reveló de pronto. Esa mujer le estaba mostrando una realidad que él desconocía y se sintió tan torpe y tan feliz al mismo tiempo.
- Nunca lo había pensado así- dijo tratando de justificarse. Ella sonrió y le regaló una enseñanza.
-Solo se vive la vida involucrándose. Poniéndole el cuerpo, el corazón, el alma. No puedes decir que estás vivo, que has vivido, si no has hundido tus manos en la tierra, si no te has mojado con la lluvia o te ha castigado la piel el viento. Vivir es ser parte de algo o de alguien. Es mirar a los ojos, es conocer el dolor del otro, es ayudar, compartir, amar, sufrir. La vida solo será tuya cuando te la hayas ganado con tu entrega y este vino solo será tuyo, cuando te hayas entregado a él en cuerpo y alma.-
Se miraron y entendieron tantas cosas en esa mirada… Con el sabor del vino todavía en su boca, él le robó el más tierno de los besos y lo que siguió de ahí en más fue la conjunción más perfecta de cuerpo, alma y espíritu que dos seres humanos hayan experimentado jamás.
-
Amarla era tan sencillo… Ella se dejaba querer como un niño huérfano necesitado de cariño, y sin embargo llegar hasta ella se convertía en toda una epopeya. Cuando creía saberlo todo, cuando se sentía al borde de su corazón, ya en las entrañas de su alma, entonces una puerta se cerraba de golpe y él no podía más que retroceder y todo regresaba al principio, al vacío, la nada.
Ella guardaba un secreto. Él podía percibirlo en cada resquemor, en cada dejo de desconfianza. Pero nada de lo que hiciera o dijera lograba que ese secreto saliera a la luz y a veces era más sencillo para él entregarse a todo el amor y la pasión que ella le ofrecía que bucear en los escondrijos de su alma.
Se convirtieron en el equipo perfecto. Bastaba una rápida mirada para saber lo que cada uno estaba pensando y no había barrera que no pudieran vencer u obstáculo que no pudieran saltar con la fuerza que los aunaba. Se volvieron amantes intensos, deseosos de descubrirse, conocerse y aprender juntos las mil y una manera de procurarse placer.
Guerreros imbatibles. Una sola palabra era suficiente para desatar la más encendida de las batallas. Luchaban con las palabras como expertos esgrimistas verbales, sostenían trasnochadas discusiones sobre Arte, política, música, cine o vinos con inusitado fervor, desafiándose el uno al otro y acababan siempre sus combates en la cama, donde todo
se resolvía con gemidos, besos y caricias.
Él la quería en su vida del modo que fuera y así se lo hacía saber cada vez que la oportunidad se presentaba, pero ella siempre tenía reparos que no conformaban pero servían para prolongar el deseo y la espera un día más.
Porque eso era todo lo que ella pretendía: un día más. Tan solo un día más para amar, soñar, disfrutar…vivir.
En su afán por enseñarle a involucrarse con la vida, ese ángel que sacudía su mundo lo llevo por caminos que él ya no recordaba. A su lado visito lugares a los que no concurría desde niño. Camino por las calles de su mano como un desconocido y se embebió de los aromas y sabores de los pueblos que visitó, fascinado como una criatura.
Se sentó en los parques para ver pasar la gente y descubrir en sus rostros tristezas y alegrías. Recorrió las ferias y compro para ella cuanta chuchería encontró a su paso. Bebió agua de las fuentes que adornaron su romance y hasta bailoteó descalzo una vez, tan solo para hacerla reír, sintiendo bajo sus pies la humedad del pasto recién cortado de una plaza olvidada.
A su lado se sentía Dios y demonio, Hombre y niño a la vez. El mundo se le hacía inmenso a veces y tan pequeño de pronto. Podía ser Rey cumpliendo todos sus deseos o afanoso bufón pretendiendo robarle una sonrisa a su rostro.
En su casa de la playa, juntos plantaron un árbol, amasaron panes e inventaron recetas que nunca dieron resultado.
Se bañaron desnudos en el mar y por las noches, bajo la luna llena se cantaron canciones de amor. En los sueños que siempre compartían en voz alta, se prometieron llegar juntos hasta el valle, para con sus propias manos crear un vino que llevaría por nombre: “Ángel rojo” en honor a la frase que ella mencionó, aquella noche en que le enseño en sus manos, el verdadero sentido de la vida.
-Y ese vino, Ángel Rojo, se convirtió en tu vida…- dijo el joven observando la copa que su padre sostenía con nostalgia entre sus manos- Pero ya hace 20 años de eso, ¿porque ella no está aquí contigo?_
_ Está… cada día más presente-el hombre suspiro con fuerza- no necesito su presencia para sentirla en cada rincón de esta casa, en cada vestigio de la naturaleza, en cada latido de mi corazón-
-Tampoco resultó, ¿verdad? Igual que con mamá- acotó el muchacho. El hombre lo miró con una media sonrisa en los labios
- Todas mis historias resultaron hijo. Cada una le dejo una enseñanza a mi vida y de todas rescaté algo. Ya ves que de la historia con tu madre me quedaste tú, y es lo más grande que he obtenido de una relación- el muchacho palmeó su espalda en un gesto de agradecimiento. El padre cariñoso acarició su cabello y continuó. – de ella, mi ángel, me queda la esperanza renaciendo en estas vides y la certeza de que su alma regresará a unirse con la mía.
-¿Porqué se separaron?-
- No lo hicimos.- el joven lo miró insistente. – el destino nos jugó una mala pasada, pero sabes… el amor no se acaba donde todo el mundo cree.-
Se sirvió otra copa y continuó su relato. Ahora con más dolor que nostalgia.
Fueron unas cuantas semanas, pero tan intensas y tan definitivas… A veces pasas tu vida rodeado de gente, armando y desarmando historias, proyectando el futuro, escapando del pasado y un buen día te topas con alguien a quien no has visto jamás y de quien no sabes absolutamente nada y esa persona en apenas unas cuantas semanas te muestra todo sobre tu vida. Te enseña tu realidad como si te vieras de golpe y por primera vez frente a un espejo y te das cuenta que pasaste toda tu existencia solo sobreviviendo y recién en ese instante, es cuando empiezas a vivir de verdad. Y esos momentos, aunque pequeños y efímeros. Aunque tardíos y breves. Esos instantes son los que justifican toda tu existencia.
Al cabo de quince días, catorce para ser más exactos, ella desapareció. Simplemente no llegó a la casa.
Algunas noches se iba, nunca me dio una excusa válida, pero yo no preguntaba. Y no es que no quisiera saber. Me mataba y me dolía la curiosidad, pero ella solo sonreía y me hablaba de la libertad individual y del respeto y yo acababa siempre asintiendo a sus discursos y dejándola ir porque lo único que quería era que regresara pronto, cuanto antes a mi lado.
Pero un buen día mi suerte se acabó y ella se fue, sin que yo pudiera hacer nada al respecto.
- ¿No la buscaste?- reclamó el jovencito que seguía el relato de su padre con gran atención
- ¡Como un loco!- exclamó – pero fue inútil- se resignó después.
Él no sabía nada de ella y cayo en la cuenta cuando ya era demasiado tarde. Nunca le preguntó nada acerca de su vida, ni de su familia, si acaso la tenía o no. No la interrogo tampoco sobre sus actividades. Si trabajaba o de donde obtenía su dinero. Ella cambiaba de tema las pocas veces que él intentó saber algo y en una ocasión hasta se puso seria y muy incómoda cuando él le pregunto si había hijos al ver la marca de una cesárea en su vientre. Así, con el paso de las horas, ella se encargó de que él olvidara sus preguntas con los instantes de felicidad plena que le ofrecía. Con los besos y caricias. Con la fuerza de sus ojos y la férrea voluntad de sus palabras.
Ella se transformó en una ilusión, un suspiro, una visión. Fue un ángel que lo llevó hasta el cielo primero y más tarde hasta el mismísimo infierno.
Ya habían acabado la primera botella y la segunda se dejaba descorchar generosa.
Los recuerdos seguían brotando, como de un manantial inagotable.
Un padre y un hijo sumidos en la charla más intensa de sus vidas. La jamás pensada, la menos imaginada. Uno de esos momentos que todos los padres deben vivir con sus hijos, al menos una vez en toda su relación filial.
Pero además eran dos hombres hablando de la vida, de sus errores y sus aciertos, de las circunstancias y los caminos que debieron transitar, tan solo para vivirla.
En la chimenea crepitaban los leños y el susurro de una voz cargada de melancolía eran los únicos sonidos del ambiente. El hombre se recostó en el amplio sofá junto al fuego. Era tarde ya y la jornada había sido agotadora, sin embargo no quería terminar con aquella plática. No sabía si tendría otra oportunidad de sacar afuera todos esos sentimientos que durante tantos años había guardado celosamente.
-Los siguientes diez años partí de viaje. El dolor me atormentaba y no podía permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar. Los recuerdos me invadían y se hacían insoportables entonces buscaba escapar, del modo que sea, para que su imagen no me alcanzara.
Viajé por el mundo sin rumbo y sin descanso. No me detuve más de una o dos semanas en cada lugar que visite y no me preguntes nada acerca de esos sitios porque pase por ellos sin verlos. Eran simples refugios en los que me ocultaba del desgarro que su partida me provocaba.
Intenté aturdirme con mi trabajo. En ese tiempo me dedicaba a una actividad que yo siempre creí mi vida, mi pasión, mi razón en el mundo. ¡Que increíble! Cuando ella se fue todo dejo de ser importante y no hubo más razón para mí que ella y su recuerdo, ella y su partida, ella y este inmenso dolor.
Solo regresaba a mi país para verte. No quería que esto que me sucedía te afectara a ti también. Tu madre fue paciente y aceptó mi alejamiento casi sin decir nada y siempre se ocupó de que tú me esperaras y de que siempre supieras cuanto te amaba.
Mi fortuna se esfumó casi sin que me diera cuenta. La gente que se ocupaba de mis negocios intentaron por todos los medios hacerme reaccionar, pero todo fue en vano.
No sé si dilapidé todo en el casino, o en los tragos y mujeres o en alguna otra cosa.
Solo sé que nada de lo que hice me salvó de esta angustia que aún cargo en mi pecho como una mano gigante que me aprisiona y me impide respirar normalmente.
Fueron los diez años más terribles de mi vida, los más amargos, los más infelices.-
- Sin embargo yo te recuerdo llegar sonriente, siempre con un regalo. Y aunque no era mucho el tiempo que compartíamos, esos días los disfrutaba muchísimo. No tenía idea de tu dolor-
-Es que tú fuiste mi tabla en el mar. Lo único que me devolvía a la realidad y me salvaba del infierno. Creo que de no haberte tenido, si tu no hubieses estado en mi vida yo habría acabado con todo, sin siquiera pensarlo.-
- ¿Tanto la amabas?- el joven experimentaba hacia su padre una mezcla de compasión y ternura inmensa. Le dolía saberlo tan triste y le pesaba no poder ayudarlo.
Acabando la segunda botella llegaba el epílogo de una historia dolorosa pero fascinante y comenzaba con una conmovedora interpretación del amor que el hombre describió ya con lágrimas en sus ojos, tan llenos de viejos recuerdos.
- Cuando crees que la vida te lo ha mostrado todo, que has vivido las más increíbles experiencias, visitado los sitios mas extraordinarios. Cuando te han ocurrido las peores tragedias y has tenido todo lo que has querido. Cuando el mundo comienza a resultarte pequeño y las personas no pueden ofrecerte nada que tú no hayas tenido ya.
Entonces, si de pronto una simple sonrisa, en los labios de una mujer puede hacerte estremecer con tan solo asomarse en su boca te darás cuenta que la vida siempre te sorprende y cuando menos te lo esperas estarás volviéndote loco de amor por el mas simple y hasta entonces insignificante gesto y comprenderás que no eres mas que un punto en la inmensidad del universo y que nunca es suficiente lo que hayas atravesado en tu camino, siempre hay algo más por descubrir. Ella fue eso para mí. La oportunidad de descubrirle un nuevo sentido a la vida. Una nueva oportunidad.-
-¡Pero no te sirvió de nada!- dijo el joven exaltado- Ella se fue, te dejo y tu caíste en lo más bajo. ¿De qué oportunidad me hablas?-
El hombre bebió el último sorbo y un aleteo de su Ángel rojo le acarició la garganta.
-La oportunidad llego después…- dijo sonriendo - Cuando volvimos a encontrarnos.-
Acto 3
Fue en un país de Europa, de esos que están bien al norte y hace frío, mucho frío. Él llegó al bar rodeado de un grupo de amigos. Eran pocos pero no se le despegaban. Ya sea para acompañarlo, o para vigilar que no decayera más aún.
Juntos reían, apostaban, se emborrachaban, en fin…cualquier cosa que los anestesiara y los ayudara a olvidar…
Entraron al bar y eligieron la mesa mas alejada. Pidieron unos cuantos tragos, más de los acostumbrados porque la noche se presentaba larga y tediosa y era preciso tener con qué combatirla.
Sobre el escenario tres músicos intentaban darle un clima bohemio al lugar y de a ratos, solo de a ratos, lo lograban.
La camarera les sirvió las copas con pereza. Era tarde y el ritmo se perdía tras el cansancio de una noche oscura.
Pasaron las horas y los pocos clientes del lugar se fueron yendo, despidiéndose de los tragos y llevándose todos, la nostalgia.
Cuando solo quedaron ellos, los de la mesa alejada, la música se detuvo y los tres integrantes de aquella banda, dejando sus instrumentos, se dispusieron a terminar con otra velada inútil y vacía.
Pero el hombre, ya muy entrado en tragos los detuvo. Quería ahogar sus penas, no en el alcohol, sino en su eterna compañera y la única capaz de consolarlo: la música.
Con desgano los músicos regresaron a sus sitios, generosa propina de por medio, para acompañar al solitario y triste parroquiano.
Apenas surgieron los acordes, su voz se deshizo en lamentos que incomprensibles desentonaban con vehemencia. Sus amigos entre risas y burlas lo alentaban a continuar con una tarea que hasta ese momento parecía imposible de concretarse.
No hubo bolero o vieja balada que escapara a su desentonado empeño y quedara deshecho en mil pedazos.
Al otro lado del salón una silueta lo observaba sin salir a la luz. Era una mujer y el hombre notó sus curvas apenas se dio cuenta del escrutinio al que lo sometían.
Con un gesto ella le pidió a la camarera que le acercara una copa de vino y un mensaje.
-La dama cree que esto le ayudara a cantar mejor- la camarera extendió la copa de vino para que él la tomara pero el hombre la rechazó.
- Gracias- dijo levantando el tono de voz para que la silueta en las sombras lo escuchara
- pero ya tuve suficiente de esto y como ve no me ha ayudado en nada-
- Te ayudaría si se lo permitieras.-dijo la mujer avanzando unos pasos.- El vino es mucho más que el líquido en esa copa. El vino es vida, es espíritu… es como un ángel-
Aquellas palabras lo elevaron de pronto quitando de su cuerpo y de su mente todo el cansancio, la pesadez y la bruma que hasta entonces lo envolvían. Abrió sus ojos enormes al comprender que la mujer de su vida, aquella que creyó perdida para siempre y por la que se dejaba morir desde hacía más de 10 años, estaba escondida tras la sombra y esas palabras, que fueron tan suyas y que marcaron a fuego la historia que los unía.
Abandonándose a la fuerza de sus instintos se dejo llevar llegando hasta ella con todo el amor y la pasión que guardaba contenidos en el fondo de su corazón.
Cuando estuvieron frente a frente, se reconocieron en las almas que asomaban desde el fondo de sus ojos y no hizo falta el contacto, ni las lágrimas, porque aquello no era un reencuentro sino la simple continuación de lo que habían dejado pendiente alguna vez.
-Imagino tu alegría al volver a verla- dijo el joven con la emoción reflejada en su mirada.
- Fue más que eso. Sentí la vida regresando a mi cuerpo. Yo estaba muerto y no lo sabía, o mejor dicho, no quería darme cuenta.-
Los primeros albores de la mañana se colaban por las persianas. El joven recostado esperaba oír más de los relatos de su padre, pero la mañana estaba cerca y debía partir a los viñedos.
Desayunaron en la galería con la vista de las nevadas montañas y se prepararon para la ardua tarea del día.
Las vides estaban en su apogeo, la vendimia se acercaba. Vendrían tiempos de gloria y ya planeaban disfrutarlos juntos.
- Será una espléndida cosecha- exclamó el joven con orgullo- es una pena que solo estemos tu y yo para compartirla-.
-Intentas convencerme de que te permita invitar a tus novias.- dijo el hombre entre risas
- No, no me refería a eso, sino a ella… tu ángel. Ella debería estar aquí ahora. Después de todo, haz levantado este viñedo por su recuerdo.-
- No fue por su recuerdo- dijo el hombre convencido- Fue por la esperanza de su regreso-
Aquella noche en el bar conversaron hasta que los sorprendió el reflejó del sol sobre la nieve que cubría las veredas. No fue una conversación convencional. En realidad hubo más silencios y miradas que palabras dichas. Por momentos solo podían observarse y tratar de comprender que había sucedido con ambos durante todo ese tiempo que estuvieron separados.
-Durante años espere un mensaje, un llamado, algo que me dijera qué había pasado contigo-
El hombre se esmeraba porque sus palabras no resultaran un reproche. Ella tomó su mano y una lágrima descendió lenta por su rostro.
-Lo siento- solo pudo decir.
-Me gustaría preguntarte tantas cosas….- dijo él- pero ni siquiera sé por donde comenzar-
- Empieza por decirme que haces aquí- pregunto ella- en este lugar tan alejado de tu mundo-
- ¿Mi mundo? Mi mundo eras tú, ahora solo sobrevivo y me pierdo en estas latitudes para escapar de tu recuerdo- Ella lo miró desconcertada.
- Pero… yo creí que eras feliz. Al menos, eso es lo que decían las revistas-
- ¡Ah si, las revistas!- exclamó irónico- ellas se acuerdan de vez en cuando de mí, especialmente cuando me ven caído en desgracia.- Ahora él tomaba su mano y la besaba con ternura- En las revistas no se trasluce el dolor. Solo se ven las muecas del éxito y las cicatrices del alma se disfrazan con falsas sonrisas de fotografía.
-¡Que pena! Porque imaginarte feliz aliviaba el peso de mi condena-
Ella soltó su mano y se refugió en un trago de su bebida. Él esperaba oír mas, quería saberlo todo de su dolor, su partida y esa condena a la que ella se refería.
Espero y los segundos se le hicieron eternos. No quería presionarla, ni atormentarla, pero necesitaba imperiosamente saber los motivos que lo habían alejado de la única mujer que había cambiado el rumbo de su vida alguna vez.
Ya con el sol acariciándolos salieron a la calle y caminaron un poco. Las copas de los árboles intentaban deshacerse del frió de la helada nocturna, mientras ellos trataban de quitarle a sus corazones todo el frío del olvido y la distancia.
- Cuando te conocí le di gracias a Dios por ese instante de magia. Mi vida siempre fue un túnel oscuro que atravesé con resignación. A la muerte de mi padre, al que adoraba y con él único con quien podía sentirme amada y protegida, mi suerte cambió de manera drástica y radical. Yo era muy joven, y muchas personas decidieron por mí. Me unieron en matrimonio a un hombre al que yo apenas conocía y me vi de pronto sumida en una vida que yo no había soñado, ni pedido. Tuve dos hijos hermosos y ellos se convirtieron en mi razón de vivir. En todo lo demás fracasé. No fui buena esposa, ni buena amante, ni tampoco me destaqué como ama de casa. No seguí una carrera, ni emprendí un negocio, nada de nada y todo eso me llenaba de frustración y de amargura.-
Ella tomo su brazo para sostenerse mientras caminaban. Apoyó la cabeza en su hombro y cerro los ojos un momento, como buceando en sus recuerdos.
-A los pocos años de nacido, mi hijo menor enfermó. Durante años no lograron dar con el diagnóstico de su mal. Visite decenas de médicos en mi país y al no obtener ninguna respuesta decidí viajar por el mundo tratando de hallar una salida. Eso precipito el fin de mi matrimonio que ya se había convertido en una amarga rutina. Uno de esos viajes me llevo hasta tu país y por eso estaba en la playa ese día, cuando me encontraste. No hacía turismo, ni estaba allí por negocios. Yo buscaba respuestas a la enfermedad de mi hijo y te encontré a ti, que buscabas respuestas a las preguntas de tu corazón. No hubiese servido de nada aquel encuentro sino hubiésemos hallado, uno en el otro, el alivio y la comprensión que tanta falta nos hacía para seguir viviendo.
-¿Por qué no me contaste? Yo podría haber hecho algo…-
-Nadie podía hacer nada y por eso me fui, en busca de otro sitio donde alguien más pudiera darme una respuesta.-
- Entonces … fui solo un pasatiempo- dijo él consciente de un nuevo dolor. Ella tomo su rostro y lo cubrió de besos.
-Tú fuiste una luz que me acompañó siempre, iluminando mi búsqueda, alivianando mi cruz. Aquellos días fueron los más bellos de mi vida y me restauraron la esperanza, pero yo no podía quedarme. Mi vida está consagrada a la curación de mi hijo y eso es algo que solo me compete a mí y que no puedo compartir con nadie.-
- ¡Déjame acompañarte! Estaré a tu lado, seré tu amigo, tu compañero, lo que tú decidas-
- No puedo. No sería capaz de someterte a esta vida tan llena de dolor y desconsuelo-
-¿No lo entiendes? Yo vivo en el dolor y el desconsuelo desde que te perdí. Tenerte cerca sería para mí la más sublime de las bendiciones-
- Tu tienes un hijo, sano, bello, que te necesita y por él tienes que ser feliz. Esta es mi vida, mi dolor y solo a mí me corresponde.-
- Al menos, dime que sabré de ti…- Se abrazo a ella con fuerza. No quería perderla otra vez aunque sabía que de todas formas escaparía de su mundo, sencillamente porque no era allí donde pertenecía. Ella lo miró con inmensa ternura.
-Abrázate a la vida- le dijo vehemente- no te dejes vencer. Hunde tus manos en la tierra que yo caeré en tu copa… para siempre-
Con esta frase se despidió. La vio alejarse apurada, envuelta en su abrigo, escapando del frío y de él que tanto la adoraba.
Ahora que lo sabía todo no se resignaba a un final tan amargo y triste para su amor.
Caminando entre las vides padre e hijo se maravillaban del paisaje. Aquellas montañas, el lago, la nieve conformaban el paisaje perfecto para la historia que los conmovía.
El hombre descansó en un claro del valle. Sentado sobre un tronco caído comenzó a relatar los últimos tramos de su vieja historia de amor.
- Después de aquel encuentro regrese a casa y me ocupe de ti con devoción. Quería encontrar la forma de hacer honor a sus palabras y al mismo tiempo quería que tu supieras que al igual que ella, yo también consagraba mi vida a la felicidad de mi hijo. Ella tenía razón. Tu estabas tan lleno de luz y de vida que el peor de los pecados era seguir desperdiciando mis horas intentando mitigar un viejo dolor. Tenía que sobrevivir. Por mi, por ella y su lucha, pero sobre todo por ti, porque tu me necesitabas tanto como yo necesitaba aferrarme a la esperanza.-
El joven lo interrumpió de golpe. Sonreía pleno con las añoranzas que llegaban hasta su mente.
- Recuerdo aquel viaje a las montañas, cuando me dijiste “Vamos a hablar de hombre a hombre”. Estabas tan serio y preocupado por mis estudios, mis amigos, que yo imaginé que algo malo te estaba sucediendo.-
-Solo estaba intentando ser padre. ¿Sabes? eso no se aprende en ninguna universidad. No hay libros que te indiquen qué hacer, o cómo actuar. Tienes que vivirlo y aprender de tus errores.-
-¿Pero no fue tan difícil conmigo, verdad?-
- Tú fuiste y aún sigues siendo un hijo maravilloso-
Los siguientes diez años fueron de aprendizaje y reconstrucción. El hombre que resurgía de sus excesos lo hacía con la convicción plena de que la vida lo recompensaría, algún día, con el regreso de su ángel.
Para eso retomo su antiguo amor, aquella carrera que tantas satisfacciones como desventuras le había dado y con un poco de suerte y mucho empeño consiguió posicionarse nuevamente y encontrar un lugar en el mundo, su antiguo y extraño mundo.
Sus amistades, familiares y admiradores se lo celebraron y colaboraron de todas las formas posibles para concretar aquel anhelo, pero el hombre sabía, intuía en su interior que aquello solo sería un paso, el primero para conseguir lo que en verdad necesitaba.
Él quería involucrarse, soñar, sentir. Quería beberse la vida y hundir las manos en la tierra hasta convertirse él también en parte de la naturaleza, los valles, las montañas, los ríos.
Al cabo de algunos años y después de haberse recuperado tanto económica como física y emocionalmente decidió comprar una finca, en un hermoso valle y alejarse así de todo lo conquistado y comenzar de cero a construir un nuevo mundo. Un mundo para su ángel.
Se ocupó de que ella supiera de todos sus pasos y ella hizo lo propio dejándole señales de los sitios que continuaba visitando en busca de una cura para su hijo.
Nunca falto un llamado, o una carta, o un mensaje. Y todos reflejaban el inmenso amor que jamás dejaron de profesarse.
Sabían que era solo cuestión de tiempo que la vida volvería a reunirlos. Solo necesitaban de un milagro y para eso trabajaban día a día, cada uno en su mundo, involucrándose, entregando lo mejor de sí mismos.
“Ángel rojo” fue el primero de una serie de vinos que elaboró con sus propias manos. Aprendió cada paso de su creación y fue participe directo desde el nacimiento de las vides hasta la venta de cada botella.
Se rodeo de grandes amigos, y busco los mejores profesionales para que todo fuera de la mejor calidad, pero sin olvidar lo más importante: impregnarle a su vino todo el espíritu y la fuerza de su alma.
-Cada vez que sirvo un poco de este vino, puedo ver en el rojo de su cuerpo, la belleza de un ángel que cae lentamente dentro de la copa y sin vacilar se entrega para fundirse con el alma de quien por fin lo beba- El joven observó el liquido brillante que bailoteaba dentro del cristal y se sintió parte de una magia diferente. La de un amor que más allá del tiempo y la distancia aún esperaba ansioso por nacer.
-¿Hasta cuando piensas esperarla?- pregunto de manera directa. Su padre lo miró un instante antes de contestar.
- No hay respuesta para esa pregunta.-dijo por fin- Sería como preguntarle al sol, hasta cuando piensa brillar, o al viento hasta cuando tiene planeado soplar sobre la tierra.-
-Pero… ¿y si ella no regresa?, Si nunca sucede, habrás desperdiciado tu vida y jamás serás feliz-
-Hijo, soy feliz ahora contigo. Fui feliz creando mi vino. Seré feliz mañana en la vendimia.
La felicidad no es la meta, sino el camino que transitamos buscando llegar a ella. Jamás podría considerar en vano esta espera, porque cada momento es y siempre será una nueva ilusión que le dará a mi vida la fuerza necesaria para seguir viviendo, creciendo, esperando, creyendo. Y de eso se trata la vida: de tener un sueño y nunca, pero nunca abandonarlo-
Acto Final
Un mes después de aquellos días en los viñedos, después de aquellas charlas llenas de recuerdos y revelaciones cada quien retornó a su mundo.
El hombre se dispuso a trabajar en la vendimia que ya se acercaba y el joven regresó a sus estudios en la universidad.
Nada fue igual desde ese entonces porque el joven no podía dejar de sentir que la vida era injusta con su padre. Le molestaba simplemente tener que dejar en manos del destino la felicidad de su progenitor. Los pensamientos lo atormentaban y sentía que alguien debía hacer algo más para que aquel “milagro” por fin sucediera.
Durante semanas dedicó sus ratos libre a buscar, de todas las formas que tuvo a su alcance, información sobre la mujer de aquella historia de amor. Se contacto con amigos que lo ayudaron ya sea a través de archivos, o por medio de la internet y a pesar de que fue un trabajo arduo y al principio infructuoso, un día , cuando menos lo esperaba recibió un mensaje que cambio por completo el rumbo de las cosas.
“Tu buscas a la musa y yo busco al creador. Creo que debemos beber juntos una copa de ese vino”
Sonrió y celebró aquella nota porque ahora sabía que no estaba solo en su cruzada. Alguien más creía que los milagros están en la tierra, y son los hombres quienes deben procurar hacerlos realidad.
Acomodó por enésima vez el nudo de su corbata. Ya se había desacostumbrado a usarlas y se sentía terriblemente incómodo con ellas. Observó una vez más el tablero en el inmenso aeropuerto y comprobó que el vuelo estaba por llegar. Solo quedaban unos minutos para su arribo y de pronto estaba nervioso sin comprender porqué.
El joven le dio precisas instrucciones de la hora y el lugar donde debía presentarse para esperarlo, también le aclaro que llegaría con unos amigos y que debía vestir formalmente.
Estaba ansioso por volver a ver a su hijo de quien se había despedido hacia ya seis meses pero le molestaba un poco la idea de que viniera acompañado, ya que en su vida en las montañas había perdido casi por completo, las ganas de ser anfitrión y de agasajar invitados. Prefería la vida en soledad y en comunión solo con sus recuerdos.
Cuando los vio llegar, entre el gentío, pensó que estaba soñando o simplemente recordando como solía hacerlo siempre. Del brazo de su hijo, caminado lentamente y con apenas una pequeña sonrisa en los labios, la mujer de su vida, su ángel, se desplazaba en dirección a él. Iba a su encuentro como aquella vez en la playa, pero ahora más madura, más plena y hermosa.
A su lado un joven, algo mayor que su hijo también sonreía y se adelantaba para saludarlo.
-¡Por fin! Le confieso que en más de una ocasión perdí las esperanzas, pero gracias a Dios encontré en su hijo quien me las regresara- El muchacho lo abrazó con inmenso regocijo y el hombre no podía comprender nada de lo que estaba sucediendo.
No fue hasta que su hijo hablo que se dio cuenta de que el mayor milagro de la vida es la vida misma y dio gracias por eso.
-Papá espero que no te importe que me haya involucrado en esto.- dijo mientras acercaba a la bella mujer hasta sus brazos- Hice lo que me enseñaste. Comencé un camino que ahora tú tendrás que continuar-
Se miraron intensos y se amaron más que nunca con los ojos, las manos, el corazón, el alma. Ella sonrió y se disculpó por llegar sin previo aviso. Él la abrazó esperando recuperar en ese abrazo toda la fuerza de sus sentimientos.
Aquel mensaje, que el joven recibiera, se convirtió en una larga conversación con el hijo mayor de una mujer que había dedicado toda su vida al cuidado de su hermano menor fallecido hacia apenas unas semanas.
Antes de morir, el más pequeño de los hijos, le contó a su hermano una historia de amor maravillosa y triste. Un amor inconcluso que merecía un buen final. Era la historia de su madre y un hombre que había creado un vino al que bautizó “Ángel rojo”.
Con esos pocos datos, el joven decidió que su familia ya había sufrido demasiado y que había sido el último deseo de su hermano que su madre encontrara por fin, un poco de felicidad después de tantos años sacrificados.
Así fue que dio con el hijo de ese hombre que sin saberlo también lo buscaba y juntos emprendieron la realización de ese “milagro” tan esperado y tan deseado por todos.
- Algo hicimos bien después de todo.- dijo ella mirando a los muchachos que sonreían a su lado- Nuestros hijos. Ellos creyeron más que nosotros y juntos construyeron un sendero para nuestro amor._
-Entonces… ya es tiempo de empezar a recorrerlo- Dijo el hombre convencido.
La mujer se aferro a su brazo y juntos comenzaron a caminar rumbo a la salida. Los jóvenes detrás los veían con alegría y admiración.
En el corto trayecto el hombre le hablo de su viñedo, del paisaje y los colores que aguardaban por su presencia y le enseño las manos con las huellas de su trabajo en la tierra, como símbolo de una espera que nunca dejó de creer en su regreso.
- No sé que hago aquí.- dijo ella sorprendida- Lo has hecho muy bien solo. Ya no me necesitas- El hombre la tomó por los hombros y la beso con ternura.
- ¡Te necesito más que nunca!, porque nada tiene sentido sino te tengo para compartirlo.-
“Pero es que, hay gente que no consigues olvidar jamás… No importa el tiempo que eso dure” A. Sanz
Fin.
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