Mire sus ojos expectante, ¿será que entendía lo que trataba de decirle con aquel gesto?.
Él bajo la mirada y observó atento lo que le había entregado, luego clavo sus ojos en los míos y me regalo la mas hermosa de las sonrisas. ¡¡Gracias!! dijo con vehemencia y se fue tras la notas que apuraban su canto. No tuve dudas, él había comprendido y aquella sonrisa no fue mía, sino nuestra.
Todo comenzó aquella misma tarde cuando por fin tuve entre mis manos el gafete del faclub. ¡Quien lo dijera! Yo metida en un grupo de fan’s y portando su distintivo. Nadie en mi familia daba cuenta de esta repentina fascinación que me perseguía desde que lo había descubierto.
Es que no se trataba de algo convencional, no era uno de esos clubes a los que uno debe asistir una vez por mes para intercambiar fotos, organizarse para votar en las radios o participar de algún evento de beneficencia, no. Este era un club diferente. Un sitio de expresión donde la gente se reunía para decir lo que sentía.
Después de tantos años de llevar en el corazón un sentimiento que muy poca gente comprendía y que era mejor ocultar, o no dar a conocer abiertamente porque se corría el riesgo de que a una la llamaran desde fanática hasta histérica; para mi, hallar un sitio donde todo el mundo siente igual que uno y además se enorgullece de ese sentimiento había sido, algo así, como encontrar el Paraíso.
Y por eso allí estaba, a punto de salir corriendo hacia el concierto, con los boletos en primeras filas que por primera vez había conseguido y el gafete de mi fanclub que portaría con orgullo frente a todos.
Las emociones se presentaron de inmediato. A la algarabía que se vivía en las inmediaciones del recinto se sumaba la imponencia de aquel lugar. Nada menos que el Auditorio Nacional, todo un orgullo para la ciudad de México
Una vez dentro mis amigas se fueron presentando, a algunas ya las conocía, a otras las conocí ese día. En realidad fue vernos y abrazarnos por primera vez porque ya sabíamos todo una acerca de la otra, gracias a los mágicos y maravillosos mensajes que nos dedicábamos en el glorioso fan club: Nuestro sitio de expresión
A punto de comenzar el concierto mi corazón empezó a estremecerse. Nos tomamos de las manos, mis amigas y yo y solo esperábamos verlo salir, hermoso y radiante como tantas veces lo habíamos soñado.
Revisé que todo estuviera tal y como lo había planeado. En mi mano el tulipán que con tanto amor había elegido para regalarle, en mi rostro una hermosa sonrisa que ensaye durante días para cuando lograra por fin tenerlo cerca, frente a mi el camino despejado para llegar hasta adelante e intentar tocarlo y en mi pecho, colgando justo al lado de mi corazón, el gafete del fanclub para sentirme parte de algo que consideraba ya, un pedacito de mi vida.
Cuando la oportunidad se hizo presente nos abalanzamos, corriendo como niñas para llegar hasta él. Estire mi mano con todas las fuerzas que me fueron posibles y antes de que pudiera darme cuenta él estaba justo delante de mis ojos, y los latidos de mi corazón ya no pudieron detener su galope.
Lo ví agacharse para tomar mi tulipán como si de una película en cámara lenta se tratara. Sin quitar la sonrisa de mi rostro esperé que el roce de sus manos se llevara la tersura de mi flor y con ella todos los sueños que tantas noches le había dedicado.
Él sonrió agradecido y yo sentí que mi misión estaba cumplida, hasta que un gran desasosiego invadió mi alma. Mi corazón dio un vuelco y de pronto sentí que no podía irme de allí sin decirle que ya no estaba sola en mi admiración, que había encontrado un modo de compartir aquellos sentimientos que durante tanto tiempo fueron solo parte de mi soledad .
¿Pero qué hacer?, ¿cómo demostrarle que éramos muchas las almas que esa noche y todas las noches abogábamos por su bienestar, por su felicidad y por su éxito?
Podría gritarle allí mismo que no decayera, porque no estaba solo, porque ningún mal podría aquejarlo mientas nos tuviera a todas acompañándolo.
Podría decirle que existía un sitio donde cada una de nosotras compartía lo que solo se manifestaba en nuestros sueños y que ya no teníamos miedo, ni vergüenza de hacérselo saber al mundo entero.
Su mano aún no terminaba de soltar la mía, el tulipán aún no se iba a disfrutar de la calidez que su piel le otorgaría y entonces entendí que había un único modo de expresarle todo aquello que mi corazón quería decir.
Con dificultad y en cuestión de segundos tome el gafete del club que colgaba de mi pecho y se lo entregué, como quien entrega lo único que tiene, aunque sea poco, porque sabe que dando es como se recibe y con la sonrisa aún clavada en mi rostro esperé.
Él lo miro un momento, quizás leyó lo que decía, quizás no. Todo sucedía tan de prisa. Sus ojos parecieron seguir las letras y lo ví sonreír esperando que yo tomara el gafete satisfecha de que él lo hubiese visto.
Pero no se trataba de que solo lo viera, yo necesitaba más, todas necesitamos más. Porque no se trata solo de obtener su sonrisa, su mirada aprobatoria, ni de esperar alguna retribución o recompensa. Se trata de que sepa, de que en verdad sepa, que puede contar con todos y cada uno de los que ferviente, ardiente y desinteresadamente seguimos sus pasos.
Porque estamos decididos a acompañar su obra, a defender cada uno de sus logros como si fueran propios y a enorgullecernos con cada uno de sus triunfos.
_ ¡Es para ti!_ grite con todas las fuerzas de mi alma. Mire sus ojos expectante, ¿será que entendía lo que trataba de decirle con aquel gesto?.
Él bajo la mirada y observó atento lo que le había entregado, luego clavo sus ojos en los míos y me regalo la mas hermosa de las sonrisas. ¡¡Gracias!! Dijo con vehemencia y se fue tras la notas que apuraban su canto. No tuve dudas, él había comprendido y aquella sonrisa no fue mía, sino nuestra.
Basado en un hecho real ocurrido el Viernes, 3 de Febrero de 2006 en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México

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