viernes, septiembre 15, 2006

Los tres dones del Amor


Además del crepitar de los leños en la chimenea, nada ni nadie emitía sonido
alguno en aquella lujosa recepción.
En plena época invernal el Hotel estaba milagrosamente vacío.
Excepto por él y unas cuantas parejas- algunas de luna de miel otras celebrando bodas de plata o de oro quizás- nadie más ocupaba las muchas habitaciones especialmente decoradas para la llegada de la navidad.
Bebió de un sorbo el tequila que acababa de servirle el barman del lugar.
El hombre lo miró con curiosidad. Sabía que lo conocía de alguna parte pero no lograba descifrar de donde.
Él entendió que lo estaban observando y prefirió refugiarse en la bebida y distraer su mirada en los muchos adornos que cubrían desde la escalera hasta la puerta de entrada todo el amplio y majestuoso Hotel.
Un solo trago no alcanzó para aplacar su aburrimiento, así que fueron tres
o quizás cuatro los que llegaron de mano del barman hasta el sitio que había elegido para ubicar su aletargado cuerpo en medio de la enorme barra de madera lustrada.
Era extraño que unos cuantos tequilas lograran hacer algún efecto en su ya muy acostumbrado cuerpo, pero en ese momento, al verla, le pareció que el alcohol le estaba jugando una mala pasada. Bueno, mala es solo una forma de decir, porque lo que tuvo ante sus ojos fue la visión más majestuosa e increíble que él hubiese imaginado jamás.
No es que fuera bella. En realidad sí lo era y mucho, pero no se trataba solo de eso.
Había algo en ella. Algo poderoso, magnético, hipnotizante. Algo que hacía que los ojos de cualquier hombre, los de él en este caso, se posaran sin remedio en su esbelta figura y no pudieran alejarse de allí aunque el mismísimo Dios se lo impusiera.
Ella era ... se le ocurrieron mil adjetivos para calificarla pero lo único cierto es que ninguno alcanzaba a decir lo que realmente sintió al verla.
En un rápido giro de su cabeza busco al barman para corroborar con alguien mas
que no estaba soñando o totalmente borracho como creía.
Esperaba hallar en la mirada del empleado el mismo gesto que seguramente tenía su cara después de haberla visto pasar.
No encontró lo que pretendía ya que el barman se ocupaba azaroso de ordenar una enorme pila de vasos en una vitrina y jamás se había percatado de la etérea presencia que cruzando el salón, casi dejó sin aliento a nuestro amigo, el protagonista de
esta historia.
Estaba solo entonces. Él con su visión y el corazón latiéndole a mil por hora.
En un primer momento pensó en seguirle los pasos. La vio subir las escaleras y estaba seguro que la encontraría en el vestíbulo aguardando el ascensor.
Pero una estúpida timidez lo detuvo. Siempre era así cuando una mujer en verdad lograba fascinarlo.
Entonces pensó: “la distancia es siempre el camino más directo hacia la proximidad” y así fue que buscó una forma indirecta, más lenta quizás pero al final
más segura, de averiguar quien era la misteriosa y bellísima mujer que sus ojos habían contemplado durante apenas unos segundos, cual milagrosa visión divina.

En la recepción del Hotel preguntó a todo aquel que imaginó podría darle alguna pista sobre su búsqueda. Desde la recepcionista, hasta el conserje, pasando por la camarera, el chef o la mucama, nadie supo decirle ningún detalle, ni el más mínimo sobre una mujer hermosa que cruzo esa tarde el amplio y lujoso salón y que sus ojos observaron como si un ángel se hubiese presentado frente a él para mostrarle, así como en un descuido, lo más sublime de este mundo.
Angustiado, ya sin fuerzas inició el camino de regreso a su habitación. Subió los peldaños de la imponente escalera cabizbajo, perdido en sus abrumados pensamientos.
De pronto, como si el cielo se apiadara de él, un rayo de luz, rojo y brillante atravesó el pasillo en dirección a la terraza y esta vez, su timidez no pudo detenerlo y corrió con todas las ganas tras el destello que aún refulgía en el sitio por donde ella, radiante había pasado.
La puerta, blanca, enorme, de vidrios repartidos estaba entreabierta. Del otro lado una brisa helada enredada sin permiso lo cabellos de su reina.
Sublime, altiva, serena como la noche lo esperaba enfundada en un perfecto traje color furia que moría en un profundo escote engalanando toda la belleza de su espalda.
Las curvas se le hicieron más que peligrosas y el dorado de su piel lo estremeció hasta la locura. Había en su cincelada anatomía mucho de escultura, pero mucho más de ángel o virgen bendecida.
Ella giró pausadamente, descubriéndose de a poco. Lo miró con una rara mezcla de vergüenza y seducción. Él se sintió morir en aquellos ojos, negros, intensos, con forma almendrada que sacudían sin miedo las pestañas esperando enloquecerlo, como si acaso hubiese hecho falta.
En apenas unos segundos que le parecieron eternos, llego hasta ella para contemplarla en todo su esplendor. La brisa golpeaba fría en sus rostros y el helado trinar de algunas aves interrumpía de a ratos el sortilegio de aquel mágico paisaje de montaña que los enmarcaba.
Pensó mil cosas para decirle pero ninguna llegó hasta sus labios. Ella extendió su mano y él supo que debía tomarla. La beso con miedo pero con ansias y antes de que pudiera saber que era lo que estaba sucediendo sus pasos lo llevaron tras la danza ondulante de ese cuerpo que deseo más que a nada en toda su existencia.

Ella lo llevo hasta su morada, allí todo estaba listo para el amor. Las sábanas de seda resaltaban en la amplitud de una cama esplendorosa. Rincón de amantes ardientes que esperan el instante perfecto para sentirse el uno al otro. Desde algún sitio, una suave melodía les llegaba para despertar sus sentidos y el quejido sensual de un magistral saxofón elevaba hasta lo más alto el ambiente que invitaba a una noche plena de pasión.
Había velas blancas encendidas por doquier, otorgándole a la habitación todo el encanto y el calor de sus pequeñas llamas que desprendían aromas tan variados como vainilla canela o sandía.
En el suelo, surcándolo todo, un camino de pétalos conducía hasta el mismísimo paraíso.
La vio despojarse de aquel sueño colorado que la cubría para dejar al descubierto todo el esplendor de su piel.
Era perfecta. Como lo es la noche cuando hay luna llena o el día cuando el sol se nos ofrece, cálido y brillante en plena primavera.
De repente se preguntó como si no lo mereciera : ¿Qué podía hacer él con tanta maravilla?.

Supo que esa noche sería única cuando rozó con sus dedos el primer tramo de su cuerpo.
Más allá de aquel roce un infierno lo esperaba, pero nada podría detener la fuerza de sus instintos que enloquecían con la sola fantasía de amar a esa mujer como nunca había amado a nadie en toda su vida.
Sus cuerpos danzaron un baile perfecto. Encajando el uno en el otro con la certeza de que no habría espacio entre ellos que no pudiera completarse.
Se abrazo a la fuerza de sus muslos y vago en cada sitio de esa hermosa llanura que recorrió con las ansias de un niño que espera descubrirlo todo cuanto antes.
Las palabras sobraron desde el primer instante en que la vio y ahora, con los gemidos como únicos intérpretes de sus pasiones, no había nada que pudieran decir para describir lo que sentían en medio de esa lucha voraz que emprendieron para amarse.
Gozó, río, luchó y lloró con ella embriagados en la fuerza que emanaba de sus corazones.
¿Qué instante perfecto los había sorprendido?, ¿qué enorme milagro se había presentado esa noche ante ellos?.
Si no habían tenido tiempo de saber sus nombres siquiera. Si nadie les había avisado de aquella inmensa felicidad y por lo tanto nadie tampoco les había explicado que hacer con ella.
La plenitud llegó con los primeros albores de la mañana y así como en un descuido, mientras ella descansaba, él recorrió con sus ojos el perfecto horizonte en el que había renacido. Quería registrar en su memoria cada pequeño trozo de ese cuerpo que le brindo en un mismo momento, el más sublime de los gozos y la más perfecta incertidumbre.
Adorándola se durmió para despertar cuando el brillo de la nieve sobre las altas cumbres se reflejó impiadoso en su ventana.
Estaba solo en su habitación y no había nada alrededor que delatara lo que su piel, sus manos, su cuerpo todo había vivido la noche anterior.
Con desesperación busco entender lo que había sucedido y en un fatídico instante comprendió que Morfeo había burlado todas sus defensas para vencerlo una vez en una cruel y fugaz fantasía.
Soñó con la noche mágica, la mujer única, el amor convencido y con tristeza imaginó que aquellos tres dones, que en su vida tanto había pretendido, solo podían concretarse en la verdad de un hermoso sueño…hermoso, pero sueño al fin.

Hoy la fuerza de su corazón lo obliga a no resignarse y aún transita su vida buscando ese amor que escapó de su mundo, tan rápido como llegó y en ese sueño que sintió tan auténtico y real.
Por eso, no importa a donde vaya, siempre lleva en sus valijas unas cuantas velas blancas, que enciende ceremonioso, cada noche, esperando que la magia se repita y regrese hasta él.
También esparce pétalos de rosas mientras le da gracias a Dios por haberle mostrado los tres dones del amor que él tanto anhela para su vida.
Mágico, Único y Convencido.
Y si era capaz de soñarlo, sería capaz también, de conseguirlo algún día.

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