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Acto 3
Fue en un país de Europa, de esos que están bien al norte y hace frío, mucho frío. Él llegó al bar rodeado de un grupo de amigos. Eran pocos pero no se le despegaban. Ya sea para acompañarlo, o para vigilar que no decayera más aún.
Juntos reían, apostaban, se emborrachaban, en fin…cualquier cosa que los anestesiara y los ayudara a olvidar…
Entraron al bar y eligieron la mesa mas alejada. Pidieron unos cuantos tragos, más de los acostumbrados porque la noche se presentaba larga y tediosa y era preciso tener con qué combatirla.
Sobre el escenario tres músicos intentaban darle un clima bohemio al lugar y de a ratos, solo de a ratos, lo lograban.
La camarera les sirvió las copas con pereza. Era tarde y el ritmo se perdía tras el cansancio de una noche oscura.
Pasaron las horas y los pocos clientes del lugar se fueron yendo, despidiéndose de los tragos y llevándose todos, la nostalgia.
Cuando solo quedaron ellos, los de la mesa alejada, la música se detuvo y los tres integrantes de aquella banda, dejando sus instrumentos, se dispusieron a terminar con otra velada inútil y vacía.
Pero el hombre, ya muy entrado en tragos los detuvo. Quería ahogar sus penas, no en el alcohol, sino en su eterna compañera y la única capaz de consolarlo: la música.
Con desgano los músicos regresaron a sus sitios, generosa propina de por medio, para acompañar al solitario y triste parroquiano.
Apenas surgieron los acordes, su voz se deshizo en lamentos que incomprensibles desentonaban con vehemencia. Sus amigos entre risas y burlas lo alentaban a continuar con una tarea que hasta ese momento parecía imposible de concretarse.
No hubo bolero o vieja balada que escapara a su desentonado empeño y quedara deshecho en mil pedazos.
Al otro lado del salón una silueta lo observaba sin salir a la luz. Era una mujer y el hombre notó sus curvas apenas se dio cuenta del escrutinio al que lo sometían.
Con un gesto ella le pidió a la camarera que le acercara una copa de vino y un mensaje.
-La dama cree que esto le ayudara a cantar mejor- la camarera extendió la copa de vino para que él la tomara pero el hombre la rechazó.
- Gracias- dijo levantando el tono de voz para que la silueta en las sombras lo escuchara
- pero ya tuve suficiente de esto y como ve no me ha ayudado en nada-
- Te ayudaría si se lo permitieras.-dijo la mujer avanzando unos pasos.- El vino es mucho más que el líquido en esa copa. El vino es la vida, es espíritu… es como un ángel-
Aquellas palabras lo elevaron de pronto quitando de su cuerpo y de su mente todo el cansancio, la pesadez y la bruma que hasta entonces lo envolvían. Abrió sus ojos enormes al comprender que la mujer de su vida, aquella que creyó perdida para siempre y por la que se dejaba morir desde hacía más de 10 años, estaba escondida tras la sombra y esas palabras que fueron tan suyas y que marcaron a fuego la historia que los unía.
Abandonándose a la fuerza de sus instintos se dejo llevar llegando hasta ella con todo el amor y la pasión que guardaba contenidos en el fondo de su corazón.
Cuando estuvieron frente a frente, se reconocieron en las almas que asomaban desde el fondo de sus ojos y no hizo falta el contacto, ni las lágrimas, porque aquello no era un reencuentro sino la simple continuación de lo que habían dejado pendiente alguna vez.
1 comentario:
dejo mi huella.Un abrazo
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