Creí que te había olvidado pero hoy supe
que no fue así. Lo supe mientras mi piel se erizaba al escuchar los acordes de
tu voz.
No fue intencional pero sucedió. Como
tantas otras veces tu voz me sorprendió de pronto y se coló sin permiso en cada
tramo de mi mente. Y así fue que sin pensarlo, o mejor dicho, cuando pensaba
que ya no había nada tuyo dentro de mí, el más mínimo susurro de tu canto, tu
más breve melodía, la hebra mas fina de tu talento me devolvió esa sublime y
tan extrañada sensación: la de conocerte, la de saberte parte de mí.
No sé porque dudé y con mis dudas casi
destruí este lazo que nos une desde hace ya…tanto tiempo. Es que entre tú y yo
no hubo promesas, ni juramentos pero siempre existió esa cadena invisible, leal
e indestructible que amasamos con las miradas sostenidas, el aliento eterno, la
pasión consumada.
Nada de amores pero mucho de amantes.
Amantes de la vida, del mar reflejando nuestros sueños, de emociones nuevas en
canciones viejas, de pisadas fuertes en caminos difíciles.
Incondicionales tú y yo. Los mismos de ayer
que no esperan nada pero siempre están: juntos, cerca, fieles.
Creíste haberme olvidado pero pronto sabrás
que no es así. Cuando salgas al ruedo
como en cada regreso, altivo y brillante derrochando ese fuego que arde en la
hoguera de nuestros corazones. Ahí sabrás que aún somos parte de ti como
siempre lo has querido.
Y en tu mirada radiante que se pierde en la
inmensidad de un horizonte de aplausos voy a sentirme pequeña, tan pequeña como
un punto escondido pero expectante.
Sufriré la desidia de tus ojos lejanos,
porque no serán míos los destellos que se abrirán paso entre la gente, tu gente.
Y no me pertenecerá siquiera el susurro de tu mente que dará gracias a Dios por
un nuevo milagro.
Pero a la vez me invadirá la magia de tu
sonrisa, que será para mi como para tantas y seré feliz en la alegría de
saberte satisfecho, reflejado en tu rostro ese momento que es la esencia de lo
que has venido a hacer a este mundo.
Porque ahí, justo ahí en el tiempo que va
desde que caminas hacia los acordes que te llaman hasta el preciso instante en
que posas tus ojos sobre la muchedumbre. Exactamente ahí cuando tu cara de
hombre se pierde y aparece en su lugar reflejado el rostro de ese niño que
nunca quisiste abandonar. Es ahí cuando tu vida se manifiesta y cobra sentido.
Es ahí cuando vives, sueñas, amas…eres.
Ese momento, tan tuyo y tan nuestro. Cuando
el escenario no alcanza. Ni la música, ni los gritos son suficientes para
aplacar tanta euforia. En ese instante sabrás, sabré, sabremos, que no hay
razón ni motivo para creer en el olvido.
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