jueves, enero 18, 2007

¡Fue tan fuerte volver a verla!, escuchar sus palabras tan enérgicas y arrogantes como siempre las había recordado, descubrir la imponente magnitud de sus curvas, tan puntuales y definidas como aún perduraban en su memoria.
¡Y el infierno de aquel beso!, ¿Cómo quitarlo de sus labios?, si toda la pasión que una vez sintió despertó de golpe con el fuego de aquella “trampa para la cordura”, que resultó ser el conjuro de su boca.
No podía seguir así, anhelándola, deshaciéndose en deseos de sentirla nuevamente bajo su piel, estallando como un volcán impaciente y feroz, abrumado por las ansias de volver a amarla. Cuando regresó de sus perturbaciones se encontró frente a la puerta de la suite “Reina Victoria” del Hotel más lujoso de Acapulco y decidió, ahí mismo, que debía ponerle un final a tanto martirio.
Debía verla, aunque fuese por última vez y para terminar con todo aquello que malograba sus planes para con su vida y con su futuro. Le pondría punto final a todas las intenciones que Miranda pudiera albergar y dejaría bien claro que ya nada era posible entre los dos. Respiró profundo y se lanzó a la lucha...
_¡“Que sea lo que Dios quiera”! _ Exclamó en voz alta y se dispuso a terminar por fin con todas sus vacilaciones.

Miranda abrió la puerta y la llama se encendió. Pocas fueron las palabras que enmarcaron aquel fastuoso despliegue de besos y abrazos y no encontraba un lugar, en tan agitada sinfonía de gemidos, la anteriormente ensayada determinación que debió acompañar aquel encuentro. Atrás, muy atrás, quedaron los débiles pensamientos que rezaban que ya nada podía suceder entre ellos; y cerca, muy cerca podía percibirse la fragancia que el fragor de sus cuerpos ardientes emanaba sin desvelo. Se amaron como antes, más que antes, con la misma voracidad de esos días de grandes apetitos sexuales, cubierto de superficiales pasiones y frágiles sentimientos.
Por su mente pasaba la vida, la que vivió junto a ella con todo el peso de los años trascurridos y la memoria de un abandono que aún latía en sus recuerdos. Por su piel pasaba el deseo, el que jamás desapareció y que renacía ahora, en la inmensidad de aquel encuentro y con la pasión enmarcando aquella locura. Por su corazón pasaban la angustia y la desesperación. Porque su vida no era la misma, porque había conocido la dulzura de otros labios y el suave destellar de otros ojos y comprendía, que a pesar de la fuerza irresistible que Miranda ejercía sobre sus instintos, una reciente naturaleza lo elevaba por sobre sus raíces, llevándolo a descubrir la grandeza del celeste puro y magistral que se reflejaba en un nuevo firmamento.
Desde allí y subido a la imponencia de su Ángel alado podía sentir que el mundo lo resarcía de su falta de Fe, otorgándole la invalorable segunda oportunidad que todos anhelamos.
¡Pero que extraña la vida! ¡Que injusto el destino!, que debió caer en la trampa de su primitiva condición humana para descubrir el valor que se escondía, en la sencillez de una palabra dulce, o de un par de rosas blancas.

Debió beber de la sangre de sus viejas heridas para comprender que no es posible terminar con lo que jamás ha comenzado. Porque no se pierde lo que nunca se tuvo, y esa mujer que yacía vehemente bajo su cuerpo jamás le había pertenecido. No de la forma o el modo que él se merecía: con amor, el mismo inmenso amor que alguna vez él sintió por ella y que ahora veía evaporarse como el sudor que brotaba de su piel en aquel inescrupuloso acto.
Miranda solo fue cáscara, la que cubrió de oro y plata sus jóvenes delirios. La que lo vistió de poder y desenfreno. La misma que lo dejó, al quebrarse sin remedio, vació y solo y sin nada dentro suyo a lo que pudiera aferrarse.

Tendido sobre la cama, con la mirada perdida en el blanco sublime que le devolvía el impecable cielorraso de la habitación, se dejaba llevar por sus remordimientos recién nacidos; producto de la culpa y el dolor que aquel acto, consumado unos segundos atrás, le ocasionaba.
Miranda, que extasiada con la satisfacción de su victoria tan esperada se desdibujaba sonriente en un ángulo de ese cuarto, apenas se limitaba a atender los reclamos que su sudoroso cuerpo le exigía, sin prestar la más mínima atención a ese ser exhausto y tembloroso que ocupaba la mitad izquierda de su cama.
Luis se sentía enfermo de vergüenza, aterrado por las consecuencias que debería afrontar debido a su falta de decisión en los momentos que precedieron a aquella locura que acababa de cometer. Pero Miranda no lo notaba, y en el supuesto caso de que sí lo hiciera, no le habría importado, porque lo único valedero en ese momento para ella era el deleite que le provocaba sentirse ganadora, en el desafío que Misha le había impuesto. Ahora tenía la certeza de que su vieja enemiga le había mentido. No existía para Luis ninguna mujer que pudiera reemplazarla y así había quedado demostrado en la fogosa realidad que acababan de vivir.
Ni por casualidad Miranda podía prever la desdicha que cubría de penumbras el alma de su amante.
Y convencida de los logros alcanzados se perdía en el placer de un cigarrillo, disfrutando en cada bocanada del goce de su venganza recientemente iniciada.
Así permanecieron durante un largo tiempo. Él inmerso en la helada crueldad de su arrepentimiento. Ella, bañada por la cálida caricia que su seguridad le brindaba. Ambos entregados al letargo de sus pensamientos.
El sueño llegó tardío demorado por la pesadumbre y el desconsuelo y solo pudo detenerse en ella, porque el horror de unos ojos de hielo no le permitieron anclarse en él. Cuando la supo plenamente dormida se dispuso a marcharse dejando sobre las sábanas todo el peso de su culpabilidad y llevándose como una carga, la certeza de haber cometido, el mayor error de toda su existencia.

"Sobre Tus Alas" Fragmento

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