"El vino es un ángel rojo, caído para siempre en nuestra copa"
Con la mirada fija en el horizonte andino, el hombre inhalaba con fuerza el frío aire de montaña; como si en esa bocanada se inundara su cuerpo de todos los recuerdos que atesoraba el paisaje que era hoy, su hospedaje, su morada.
Sentado sobre la piedra, apenas el cuerpo cubierto por una camisa entreabierta, las manos se frotaban furiosas implorando un calor que a él parecía no hacerle falta.
Desde hacía mucho tiempo ya, su humanidad toda se había vuelto de hielo.
No existía en su cuerpo ningún recuerdo de algún calor humano que pudiera reconfortarlo en su enorme soledad.
Vivía alejado de toda intervención humana, en los viñedos que ahora conformaban su mundo y que escribían con el jugo de sus uvas, los últimos actos de su existencia.
Abocado por completo al cuidado de sus vides, las horas significaban para él tan solo el paso entre una labor y otra. El cuidado extremo de los racimos, la atención de la tierra y el cambio del clima, eran sus únicas preocupaciones diarias; las que hacían que sus días no fueran solo extrañar, o esperar la muerte.
Los pasos juveniles lo despertaron de su ensoñación. Improvisó una sonrisa para no delatar su nostalgia. El joven se sentó a su lado, agitado y eufórico.
_ ¡Es maravilloso!- exclamó con ganas- el viñedo, el lago, las montañas, todo. Creo que voy a dejar la universidad para venirme a vivir aquí contigo-
_ ¡Cómo te se ocurre! esto no es vida para un muchacho.- dijo el hombre casi en un regaño.
_ Podría ayudarte con los vinos- insistió- ocuparme de algo, lo que tu digas- El hombre se puso de pie como buscando imponerse ante la insistencia.
_ No, no acepto competencia. Soy el rey aquí, ¿lo olvidas?-
_ Podrías serlo donde quisieras, de hecho siempre lo fuiste-
_ Ya no... ahora solo reino en estas áridas montañas-
_ ¿Por qué te refugiaste aquí? Nunca me contaste esa historia- La vista del hombre regreso a los picos nevados que lo vigilaban.
_ Fue culpa de un ángel- susurró_...un ángel rojo_
Aquella noche, ya en la cabaña, el joven se empecino en escuchar de boca de su padre la historia de ese ángel que lo trajo hasta ese sitio tan alejado del mundo. Un mundo que alguna vez supo de ese hombre y lo veneró cual afamado Rey. No era una historia que pudiera contarse en unas cuantas líneas, ni siquiera resumiéndola, porque estaba tan llena de mágicos momentos que quitarle aunque fuera una sola de las impresiones que la conformaban sería como mutilar la fantasía o despedazar el amor.
Sirvió un poco del brillante líquido que llevaba su nombre en la copa cristalina y sonrío apenas, como despertando a los recuerdos que el vino siempre le traía. Lo alzó con delicadeza y expresó_ El vino es un ángel rojo caído para siempre en nuestra copa"_ acto seguido se sumió en los momentos que relató con detalle y sin dejar de sonreír mientras su hijo se deslumbraba descubriendo por primera vez en los ojos de su padre, el brillo inconmensurable del amor.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------
-Yo lo tenía todo y sin embargo estaba vacío_ Así comenzó su relato ante la mirada expectante de aquel joven, tan lleno de preguntas hacia un padre que a veces sentía tan cercano y otras tan alejado de su vida.
-Tú apenas habías nacido y todas mis esperanzas de recobrar mi ilusión estaban puestas en ti. Eras un niño hermoso, tan lleno de vida y yo solo podía amarte con un amor que nunca antes había conocido. Pero mi alma no se reconfortaba por completo, porque el amor tiene muy diferentes formas y si no las experimentamos todas, siempre vamos a tener la sensación de que algo le faltó a nuestras vidas, que algo nos perdimos en el camino.-
Bebió su copa con desesperante calma. Buscaba en cada gota de vino las fuerzas para seguir hablando.
-Yo quise ser padre, como quien quiere ser feliz, o alcanzar el más grande de sus sueños y cuando te tuve entre mis brazos creí que todo eso al fin había sucedido, pero no fue así. –
El joven hizo una mueca de preocupación y su padre entendió de inmediato que se había expresado incorrectamente.
- No me entiendas mal- trato de explicarle- Tú fuiste un sueño dorado para mí, me hiciste parte de algo que yo había perdido hacía mucho tiempo: una familia y eso te lo debo solo a ti. Pero un hombre es más que un padre, un hombre solo se completa con el amor de una mujer.-
- Mi madre te amo mucho_ ahora el joven se volvía un niño temeroso de las verdades de su padre. El hombre se acercó hasta él para tranquilizarlo.
-Y yo a ella, pero no supimos salir adelante- apoyo una mano en el hombro del muchacho como quien busca dar un consejo.- Se necesita mucho más que amor para conformar una pareja. Claro que eso lo supe mucho después…_
Se hizo un silencio necesario. Ambos debían procesar aquellas palabras y lo que ellas significaban en sus vidas. El hombre buceaba en sus recuerdos, el joven en su entendimiento.
Aquella noche pudo haber sido la más larga de sus vidas como padre e hijo. Fue una noche de revelaciones, de dolor pero también de encuentro y comprensión.
- Háblame del ángel- suplicó el muchacho y entonces la sonrisa y el brillo fulgurante regresaron al rostro del hombre que sentado a su lado balanceaba su copa de vino entre los dedos fuertes y callosos de tanto trabajar la tierra.
- Estaba en la casa de la playa cuando apareció. ¿La recuerdas? Solía llevarte allí cuando eras muy pequeño-
- Recuerdo la piscina y unos flamencos enormes que me asustaban- El hombre río con fuerza.
– ¡Te aterrorizaban! Por eso tuve que deshacerme de ellos-
-Lo lamento- dijo el muchacho bajando su cabeza.
-Yo me alegro, ya me tenían aburrido- se miraron de reojo y otra vez echaron a reír.
La conoció una tarde. Él reposaba en la alberca. Un trago y un poco de música eran su única compañía. La brisa marina lo envolvía y él se dejaba llevar, como quien busca escapar, al menos por un breve instante, de todo aquello que lo atormenta.
De pronto la brisa se volvió viento soplando con mayor intensidad. Sorprendido despertó de su letargo para mirar hacia la playa y allí, caminando sobre la arena la divisó. Era un ángel, no pudo describirla de otro modo. Caminaba segura pero ligera, sus pies desnudos y el cabello al viento. Una túnica cubría su cuerpo y delataba en su transparencia la increíble armonía de su cuerpo.
Se levantó como un resorte de su asiento y bajó por el sendero que conducía directo al mar. Como poseído por alguna extraña fuerza interior llego como un loco hasta ella, desesperado por no perder de vista aquella maravillosa imagen que el mar, o el cielo le regalaba.
Porque aquella criatura no venía de este mundo, al menos no del mundo que él conocía.
Ella debió venir del mar, del cielo o de otro mundo. Un mundo anhelado, soñado, perfecto.
Cuando la tuvo enfrente no pudo más que sonreír y lo más increíble, fue verla responderle con una sonrisa aniñada y con los ojos tan llenos de algo que a él le pareció magia, por la forma en que lo embelesaba.
Se presentaron, rieron, hablaron del clima, de las olas, rieron otra vez. Ella quiso despedirse pero él no se lo permitió. Entonces se sentaron en la arena y siguieron hablando. Y el tiempo se hizo cómplice y les regaló un atardecer, el más perfecto que él hubiese conocido. Y con el rojo del sol sobre el horizonte reflejándose en ella, él supo que había encontrado un ángel y se sintió bendecido.
No descansó hasta lograr que aceptara su invitación. Una cena en el jardín de su casa con el mar como único testigo de lo que entre ellos comenzaba. Y ella, que solo buscaba atesorar momentos, claudicó ante la mirada ansiosa de ese hombre que la llenaba de vida, eso que le hacía tanta falta…
No hay comentarios.:
Publicar un comentario