“Supiste esclarecer mis pensamientos
me diste la verdad que yo soñé...”
Las estrofas de esa vieja canción
resonaban indulgentes en sus oídos, y aunque no se proponían lastimarlo, de
todas formas lo hacían, porque todo él era dolor aquella fría madrugada de
Mayo. Se detuvo a escucharla y descubrió en cada verso un detalle de sus más
recientes desvelos.
Después de andar sin rumbo durante varias
horas bajo el viento helado que el mar le devolvía, a modo de represalia por no reparar en él, como siempre
acostumbraba a hacerlo, se paro frente a aquel bar donde la música, cálida e
insinuante le regalaba el único momento de pleno regocijo en aquella
infortunada noche.
“Ahuyentaste de mí los sufrimientos
en la primera noche que te amé...”
El lugar, típico refugio de las costas
caribeñas, construido casi en su totalidad con diferentes clases de madera, y
con abundante vegetación regional como base decorativa, se levantaba aislado y
perdido a un lado de la carretera.
Se sentó en una pequeña mesa en el fondo
del salón y sumido en el más cruel de
los silencios, se olvidó del mundo, y solo atinaba a contemplar, sin pretender ser parte, todo lo
que ocurría a su alrededor. Un grupo de hombres jóvenes se entretenían, sin
demasiado ánimo, apostando en un juego de cartas. Detrás de ellos una pareja
discutía acaloradamente, gritando por lo bajo, toda clase de reclamos y reproches.
A un costado, un anciano bebía en silencio
toda la tristeza de sus viejas frustraciones.
Junto a la ventana, Luis y su sombra se perdían ingentes en el horizonte
de sus arrepentimientos.
Se bebió un Tequila, en realidad fueron
varios, y los recuerdos comenzaron a invadirlo, desplazando su presente,
obligándolo a revivir todo aquello que él creía muerto y enterrado.
Se transportó a un pasado lejano que
siempre se empeñaba en olvidar, dejándolo arrumbado en el rincón más oscuro de
su memoria. No pudo evitar la nostalgia de sus años de infancia, los juegos, la
escuela, su madre.
Recordó fielmente las caricias que cada noche lo ayudaban a
dormir, alejando cualquier miedo que pudiera atormentarlo, llenándolo de paz,
una maravillosa paz. El rostro de esa mujer, la que le dio la vida primero para
amargársela después con una lejanía que aún hoy, lo sigue lastimando, permanecía
intacto en las imágenes de sus primeros años y a pesar del dolor que le causaba
recordarla, sus ojos siempre eran signo de dulzura y generosidad.
Con los
efectos del alcohol haciendo estragos en su mente, se vio de pronto llorando
los despojos de su niñez perdida. Se reconoció en los rostros vacíos y ausentes
de los que como él, habitaban aquel sitio en busca de ese trago seco y ardiente
que los ayude a ahogar sus penas. Asoció toda la rabia que hoy lo consumía, con
la misma sensación que tuvo el día que se descubrió huérfano de amor paternal
e inválido de esperanzas. Cuando supo
que a partir de ese momento el mundo lo encontraría solo, absolutamente solo y
con la fuerza de su voz como único escudo para enfrentarse a la vida,
intentando renacer de las cenizas en las que se convirtió su carrera, culpa de
la decepción y el desamparo de su propia sangre. Siempre se sintió así, ahogado
en una inmensa soledad, que si bien él la
consideraba necesaria, para el tipo de vida que había elegido llevar,
muchas veces (la mayoría), aquel estado se convertía en su mayor tormento.
Así
pues, su vieja compañera, la soledad, volvía hoy a seducirlo en el desasosiego que el Tequila le
provocaba, cuando ya no podía ni siquiera mantenerse erguido, ni desplazar con
decencia el peso de su maltratado cuerpo. Intentó llegar hasta su carro pero
descubrió que a duras penas podía sostenerse en pie, así que abandonando aquel
propósito decidió buscarse un taxi, claro que para lograrlo necesitó la ayuda
de varios parroquianos, que un poco menos afectados que él, alcanzaron a
subirlo al vehículo que lo llevaría de regreso a su triste realidad.
Ya en su cuarto, desnudo sobre la cama,
las consecuencias de su borrachera se denotaban en los profundos surcos de su
malogrado rostro. Y sin ofrecer resistencia se dejó vencer por los vaivenes de
un sueño largo y sereno que venía en su búsqueda, para llevarlo sin escalas, a la plenitud de
un muy deseado descanso.
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