Acto Final
Un mes después de aquellos días en los viñedos, después de aquellas charlas llenas de recuerdos y revelaciones cada quien retornó a su mundo.
El hombre se dispuso a trabajar en la vendimia que ya se acercaba y el joven regresó a sus estudios en la universidad.
Nada fue igual desde ese entonces porque el joven no podía dejar de sentir que la vida era injusta con su padre. Le molestaba simplemente tener que dejar en manos del destino la felicidad de su progenitor. Los pensamientos lo atormentaban y sentía que alguien debía hacer algo más para que aquel “milagro” por fin sucediera.
Durante semanas dedicó sus ratos libre a buscar, de todas las formas que tuvo a su alcance, información sobre la mujer de aquella historia de amor. Se contacto con amigos que lo ayudaron ya sea a través de archivos, o por medio de la internet y a pesar de que fue un trabajo arduo y al principio infructuoso, un día , cuando menos lo esperaba recibió un mensaje que cambio por completo el rumbo de las cosas.
“Tu buscas a la musa y yo busco al creador. Creo que debemos beber juntos una copa de ese vino”
Sonrió y celebró aquella nota porque ahora sabía que no estaba solo en su cruzada. Alguien más creía que los milagros están en la tierra, y son los hombres quienes deben procurar hacerlos realidad.
Acomodó por enésima vez el nudo de su corbata. Ya se había desacostumbrado a usarlas y se sentía terriblemente incómodo con ellas. Observó una vez más el tablero en el inmenso aeropuerto y comprobó que el vuelo estaba por llegar. Solo quedaban unos minutos para su arribo y de pronto estaba nervioso sin comprender porqué.
El joven le dio precisas instrucciones de la hora y el lugar donde debía presentarse para esperarlo, también le aclaro que llegaría con unos amigos y que debía vestir formalmente.
Estaba ansioso por volver a ver a su hijo de quien se había despedido hacia ya seis meses pero le molestaba un poco la idea de que viniera acompañado, ya que en su vida en las montañas había perdido casi por completo, las ganas de ser anfitrión y de agasajar invitados. Prefería la vida en soledad y en comunión solo con sus recuerdos.
Cuando los vio llegar, entre el gentío, pensó que estaba soñando o simplemente recordando como solía hacerlo siempre. Del brazo de su hijo, caminado lentamente y con apenas una pequeña sonrisa en los labios, la mujer de su vida, su ángel, se desplazaba en dirección a él. Iba a su encuentro como aquella vez en la playa, pero ahora más madura, más plena y hermosa.
A su lado un joven, algo mayor que su hijo también sonreía y se adelantaba para saludarlo.
-¡Por fin! Le confieso que en más de una ocasión perdí las esperanzas, pero gracias a Dios encontré en su hijo quien me las regresara- El muchacho lo abrazó con inmenso regocijo y el hombre no podía comprender nada de lo que estaba sucediendo.
No fue hasta que su hijo hablo que se dio cuenta de que el mayor milagro de la vida es la vida misma y dio gracias por eso.
-Papá espero que no te importe que me haya involucrado en esto.- dijo mientras acercaba a la bella mujer hasta sus brazos- Hice lo que me enseñaste. Comencé un camino que ahora tú tendrás que continuar-
Se miraron intensos y se amaron más que nunca con los ojos, las manos, el corazón, el alma. Ella sonrió y se disculpó por llegar sin previo aviso. Él la abrazó esperando recuperar en ese abrazo toda la fuerza de sus sentimientos.
Aquel mensaje, que el joven recibiera, se convirtió en una larga conversación con el hijo mayor de una mujer que había dedicado toda su vida al cuidado de su hermano menor fallecido hacia apenas unas semanas.
Antes de morir, el más pequeño de los hijos, le contó a su hermano una historia de amor maravillosa y triste. Un amor inconcluso que merecía un buen final. Era la historia de su madre y un hombre que había creado un vino al que bautizó “Ángel rojo”.
Con esos pocos datos, el joven decidió que su familia ya había sufrido demasiado y que había sido el último deseo de su hermano que su madre encontrara por fin, un poco de felicidad después de tantos años sacrificados.
Así fue que dio con el hijo de ese hombre que sin saberlo también lo buscaba y juntos emprendieron la realización de ese “milagro” tan esperado y tan deseado por todos.
- Algo hicimos bien después de todo.- dijo ella mirando a los muchachos que sonreían a su lado- Nuestros hijos. Ellos creyeron más que nosotros y juntos construyeron un sendero para nuestro amor._
-Entonces… ya es tiempo de empezar a recorrerlo- Dijo el hombre convencido.
La mujer se aferro a su brazo y juntos comenzaron a caminar rumbo a la salida. Los jóvenes detrás los veían con alegría y admiración.
En el corto trayecto el hombre le hablo de su viñedo, del paisaje y los colores que aguardaban por su presencia y le enseño las manos con las huellas de su trabajo en la tierra, como símbolo de una espera que nunca dejó de creer en su regreso.
- No sé que hago aquí.- dijo ella sorprendida- Lo has hecho muy bien solo. Ya no me necesitas- El hombre la tomó por los hombros y la beso con ternura.
- ¡Te necesito más que nunca!, porque nada tiene sentido sino te tengo para compartirlo.-
“Pero es que, hay gente que no consigues olvidar jamás… No importa el tiempo que eso dure” A. Sanz
Fin.
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