Cuando alcé la mirada, luego de cortar el
teléfono, descubrí que Luis me observaba desde el otro lado del Estudio, arqueó
sus cejas en señal de pregunta queriendo saber con quien acababa de
comunicarme.
Yo le dediqué una sonrisa buscando
asegurarle que todo esta bien, que no había de que preocuparse, él me devolvió
la sonrisa junto con un pequeño beso, que arrojó al aire directo a mis labios,
con esa ternura que en su boca revive a cada instante.
Luego bajó la vista y volvió a
concentrarse en su trabajo, sostenía entre sus manos unas partituras que leía
en silencio, con el ceño fruncido y una
gran expresión de exigencia y seriedad.
A su lado Andrés le recitaba una serie
interminable de cuestiones a tener en cuenta, a las que él respondía meneando su
cabeza afirmativamente, pero sin quitar la mirada de los papeles que danzaban
entre sus dedos.
Se lo veía importante, significativo,
trascendente, como alguien que domina por completo el entorno que lo rodea, que
se mueve audaz, inteligente, ostentando un absoluto control de aquello que es
su mundo, el mundo del que es parte, en donde él es el único Rey.
¡Cuantos años dedicados a acrecentar esa
carrera que hoy lo tiene sobre la Cima de todo y de todos, cuantos sueños
concebidos a lo largo de toda su vida, esperando el momento de concretarlos,
anhelando se convirtieran en la realidad de la que ahora es parte!.
Cuanto dolor, imperceptible ya, habrá
sentido en toda esta existencia en donde las metas siempre fueron lo único
valedero, lo único a tener en cuenta.
Desde donde me encontraba podía ver
claramente sus ojos, que fijos sobre los de quiénes pretendían su atención, se
encendían, ocupándose, haciéndose cargo de cada situación por pequeña que esta
fuera.
Me los quedé mirando, extasiada en el
verde que los colorea, admirada en la belleza de sus formas, abstraída por la
fuerza que emana de ellos.
Recalé en su mirada y noté que no
encontraba una palabra que pudiera definirla con exactitud, pensé que tal vez
la que más se le acercaba era... agobio, una mirada agobiada, cansada de
transitar caminos sin retorno, serena, con una calma que la vuelve desconfiada,
incrédula, propia de quien todo lo conoce, de quién ya no se sorprende con
nada.
Aprendí a reflejarme en ellos, rescatando
desde el fondo de sus pupilas ese dejo de nostalgia que le devuelve, sin que él
lo pida, sin que se lo proponga, la mirada de niño travieso que lucha por dejar
su encierro y regresar para enternecer los momentos que aún le queden por
vivir.
Me pregunté ¿Qué le hace falta a su vida?,
¿Que más esperará él de esta vida?.
¿Más Logros, más triunfos?, O un nuevo
sueño del que aferrarse para no sentir que los días por vivir, son solo un
número más, impreso sobre un papel que cuelga de su memoria.
Quizás espere que su voz encuentre por fin
un refugio, donde guarecerse de la falta de sonidos que siempre lo
atormentan, el consejo sabio, la palabra
amiga, el murmullo descuidado, el regaño a tiempo, todos esos sonidos que
representan el silencio que su soledad le confiere y cuya ausencia es el
martirio que trajo consigo, esta vida que le tocó en suerte.
Y es en esa soledad, en la que se ve
inmerso, en donde busca esconder su dolor, porque a pesar de hallarse siempre
rodeado de miles de seres que lo vivan y lo alaban, la soledad no lo abandona,
ya que sentirse solo no constituye, estar sin compañía.
Saberse solo puede llegar a significarle,
una manera sutil de sentirse muerto en vida y no es en la muerte donde él desea
establecerse, sino en las ansias de una vida diferente, en la que no le falten
además de las palmas azules que lo vivan, un puñado de sueños e ilusiones que
le brinden las alas, con las que pueda echarse a volar.
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